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Publicado el : jueves, 24 de septiembre de 2015

Cuando los ideales se apagan

Cuando los ideales se apaganPor: NASARQUÍN SANTANA
Félix Lluberes era un joven patriota menor de edad con rango de sargento mayor de guías del ejército dominicano. Lo asignaron al general Duarte y tenía a su cargo la recua que éste utilizaría en su viaje por el Cibao, donde el Gobierno decidió enviarlo con su Estado Mayor a recabar apoyo para la naciente República.
Se necesitaban seis monturas bien resistentes, puesto que había que avanzar por promontorios y terrenos pedregosos, abrirse paso entre la maleza del bosque y atravesar cañadas, arroyos y riachuelos alfombrados de guijarros filosos.
 La República ni siquiera tenía un patrimonio mínimo para uso oficial, por lo que el general Sánchez, Vicepresidente de la Junta Central Gubernativa, y Juan Isidro Pérez, Secretario, firmaron una orden de requisición forzada, facultando a Leandro Fino a tomar los caballos de cualquier lugar, y consignando que el Gobierno se responsabilizaría frente a sus dueños.
 Fino puso en la mirilla un formidable ejemplar de silla propiedad del coronel Manuel Machado y, sin mediar palabra, le echó mano y completó las seis cabalgaduras. De inmediato las entregó al sargento Félix Lluberes, y –ese mismo 16 de junio– el general Duarte partió rumbo al Cibao. Se encontró allí con el general Mella, quien le propuso y decidió proclamarlo Presidente de la República, noticia que de inmediato se regó como pólvora. Pero la decisión no agradó a un sector que entendía que con la misma se violaba el Manifiesto de Separación del 16 de enero, consensuado entre los independentistas como Constitución transitoria.  Era el segundo golpe de Estado que, solo en treinta días, daban los trinitarios.
 Cuando el Estado Mayor del general Duarte regresó a la capital, el coronel Machado no vio su caballo por ningún lado. Indagó y le explicaron que debieron abandonarlo en los Ebicos, porque supuestamente el animal no pudo continuar la marcha de regreso. Incómodo, el coronel protestó ripostando que su ejemplar era de gran estima y que solo un maltrato excesivo pudo inutilizado. 
Enseguida reclamó a las autoridades el bono sobre el tesoro público que le habían prometido por la bestia, pero la composición del Gobierno había cambiado radicalmente y su petición cayó en el vacío. Se le ocurrió entonces demandar a Antonio Lluberes –padre del sargento Félix Lluberes–, quien era responsable ante la ley de los actos de su hijo mientras éste fuera menor de edad.
 El juez inició la audiencia el 13 de septiembre de 1844 en el Tribunal Civil de Santo Domingo. El abogado del coronel Machado le pedía condenar a Lluberes al pago de doscientos pesos, precio que su cliente pagó por el caballo, a doce reales diarios por concepto de alquiler del animal, y a las costas judiciales.
Por su parte, la defensa presentó pruebas demostrando que el sargento Félix Lluberes nada tuvo que ver con la desgracia del cuadrúpedo, pues lo recibió de Leandro Fino, quien a su vez obró al amparo de un mandato gubernamental. El procurador fiscal compareció y corroboró el planteamiento. El juez cotejó los fundamentos y decidió desechar como infundada la demanda, condenando de paso al coronel Machado a las costas del proceso.
 Tras concluir el juicio quedaba claro que prestar algo valioso y recibirlo después como el caballo del coronel Machado, era tremenda pesadilla; que en momentos cruciales para la nación, el animal del militar ocupaba el rol de audiencias del único Tribunal Civil. ¿Y la República? ¿Y Duarte? Bien gracias. 
Se decía que el interés suplanta todo cuando los ideales se apagan; que atesorar riquezas personales, llega a ser más importante que la suerte de la Patria.



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